9.30.2005

Un momento cotidiano.

a. Enfrentamiento.

Miro; Camino (me digo) por la ciudad, caminante. Y las cosas se me aparecen, en series, cadenas, desórdenes, multitudes y singularidades. Tras las cosas está el problema. Sigo solo. Pero me he enfrentado a las cosas: este es el sentido del guiño, en el que se descubre la presencia. Entiendo que se vea lo total, lo determinado, lo visage. De algún modo incierto, comprendo que haya un problema respecto a ¿lo que se presenta? ¿Cómo? En este punto lo presente me ha hecho una objeción (pienso) de peso: “¿Existo?”, me pregunta. Visage.

b. Diálogo.

Yo le digo: Eres.
¿Y qué con ello? ¿El problema es veladura o veladura de la pregunta que se dice para decir el problema? Me dice (con una sonrisa): Claro es que soy tal, y me dice qué es. Hace que lo repita. ¿Me miente? Yo le escucho callado, intentando explicar lo que se me dice digo lo que yo creo que se me dice. Nadie me lo pidió. El otro que escucha me habla sobre lo que digo; así hacia el infinito. ¿Y la cosa? Ella de repente me avisa: no.

c. Duda.

¿Dónde queda entonces la cosa? Ya no puedo hablar de ella. “¿Quién era ella?”, me pregunto. Vino y se fue. Era imposible.



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